Día 3

Echo de menos tus manos, buscando mi cuerpo, hambrientas, calientes. Empezabas besando mis labios lento, como si las agujas del reloj no jugaran en nuestra contra porque eras tú quien jugaba y no estabas dispuesta a perder. Y más tarde, tus manos me agarraban del cuello, me acariciabas la mejilla, la espalda. Parecías multiplicarte cubriendo cada milímetro de mi cuerpo. Me besabas el cuello, las orejas y los miedos. Sabías cómo ponerme nerviosa. Quitabas el frío de mis manos. Toda tú eras incendio y yo era combustible. Y entonces el mundo ardía. En aquella cama.

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Prometo pequeños grandes detalles.

Ella.