Algo a lo que llamar felicidad
Él estaba tumbado, mirando el techo sonriendo; volteó la cabeza
para mirarme, su sonrisa se ensanchó más y en ese mismo instante me
di cuenta de lo mucho que lo quería, de por qué lo quería tanto.
Estaba tendido sobre la cama, despeinado, sin camiseta, con unos
vaqueros que enseñaban sus calzoncillos negros, estaba delgado, se
le notaban las costillas y los huesos de la cadera, pero a mí me
parecía sexy, sin embargo también tenía músculos y sobre todo
tenía cerebro; vi reflejada en su sonrisa de satisfacción la misma
sonrisa que el primer día que lo conocí. Era el mismo chico, más
cambiado físicamente, pero de un gran corazón, atento conmigo,
delicado para decir algunas cosas y sincero, el chico que había
crecido solo y que había desarrollado su forma de lobo solitario y
que solamente rompía estando conmigo, cuidando de su camada.
Me tumbé a su lado, apoyando mi cabeza en su brazo, le miré: estaba
mirando el techo, ahora con los ojos cerrados. Si había algo a lo que
llamar felicidad era esto, era verlo a él, era estar entre sus
brazos, era simplemente poder estar. Rodeé su cuerpo con mis brazos
y lo abracé, como si pudiera perderlo en ese mismo instante.
Realmente lo temía, temía perderlo, no volver a poder pasar con él
otra noche como esa.