Simples casualidades.

Ella me hacía ser diferente. No, me equivoco; ella me hacía ser yo misma y era algo a lo que no estaba acostumbrada. He tenido desde siempre la mala costumbre de acomodarme a los demás, de ser moldeable y no ser el bicho raro que espantaba a la gente; y así sobrevivía, sin destacar, enfundándome una piel que no me correspondía.
Solo ella me hacía poder hablar con claridad sobre mí y sobre lo que me rodeaba, que últimamente solo parecían ser problemas. Pero ella no hacía lo que los demás acostumbraban a hacer. Ella te escuchaba y te decía las cosas como eran. La mayoría de las veces de forma brusca e inapropiada, pero eso era lo que provocaba que yo fuera yo y no el espejismo que había creado ante mí como escudo a cualquier daño, el cual servía fiel. 
Nunca la había buscado, sin embargo la encontré. Lo que algunos llaman Destino, yo lo llamo casualidades. Y fue por una casualidad por lo que me hizo despertar, darme cuenta de las cosas, abrirme y aceptarme cada día un poco más, conocer la parte de mí que nadie, ni tan siquiera yo, había llegado jamás a entrever. Aquello no era malo, una simple casualidad entre las miles de día a día, solo que esta era de esas casualidades que te cambian la vida, de esas que te hacen replantearte toda tu existencia, por la que mereces buscar un por qué a las cosas y un cómo.
Algo más he aprendido de ella, y no precisamente la oportunidad de decir las cosas; sino el simple hecho de saber decirlas. He aprendido el poder de las palabras y de la verdad, de cómo libera expresar tus pensamientos, lo que vale ponerte en la peor situación para sentirte mejor. 

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Prometo pequeños grandes detalles.

Ella.

Día 3