Pienso en ti.
En otro momento yo
hubiera estado durmiendo, descansando ya en mi cama. Pero no hoy.
Simplemente no puedo. Estoy frente mi ordenador, como de costumbre,
mirando a la pantalla, hablando con mi buena amiga. Y no puedo
dormir. No paro de escribir, me sale solo. Pienso en ti. No en ti
como podría hacerlo otra persona que te conozca. Pienso en ti tal y
como soy yo. Pienso en ti por el modo en que me tratas, por la forma
en que me haces sentir, por la forma en que me haces olvidar y volar.
Y escribo, no pienso en lo que escribo, simplemente lo hago. Y tengo
miedo. No miedo de lo que me rodea, sino miedo de mí. Miedo de lo
que escribo, porque escribo lo que siento. Sí, creo que tengo miedo
de lo que siento. Puede ser. Pero no quiero creerlo. Quiero seguir
pensando en ti. Pero esta vez pienso en ti como lo haría cualquier
otra persona, tal vez desde otro punto de vista, desde uno más
implicado emocionalmente.
Me he perdido. Me he
perdido en mis propios pensamientos. No sé a dónde quiero ir a
parar. Demasiadas palabras en una mente cansa y confundida como está
la mía. Y ahora sí quiero dormir. Pero dormiré pensando en ti.