Día en el que decidí empezar a quererme.
No sabía por qué, pero aquel día me había levantado añorando algo que jamás había tenido. Seguramente era porque me encontraba tirada en la cama acalorada por unas décimas de fiebre o porque minutos después había acabado leyendo en Facebook una página sobre amor. Claro que había amado, amaba cada día cientas de cosas; pero quería amar a alguien locamente durante unos instantes: amarme a mí. Estaba cansada de amar imágenes de chicas perfectas con sonrisas increíbles, cansada de ver siempre las mismas películas de amor con escenas creadas con copy paste, cansada de escuchar canciones de un amor infinito que lo puede con todo.
Por primera vez desde hacía mucho, decidí que tenía que quererme más. Supongo que es una promesa que muchos habían hecho antes, pero yo me sentía especial por ello. Me sentía libre y fuerte, podía con todo. Muchas veces había leído eso de "¿cómo vamos a amar a alguien si ni siquiera nos amamos a nosotros mismos?", y tenía razón. Yo amaba miles de cosas, amaba a la gente que me rodeaba, a los cientos de momentos que siempre se quedarían conmigo; pero jamás me había amado con la suficiente convicción como para creérmelo.
