Observando sin ojos lo que nadie ve.
Me senté en el sofá, junto a él. Me agazapé a su lado, mientras él miraba el fuego que
habían encendido en una chimenea de la que no había reparado hasta
entonces. Él giró su rostro hasta el mío, estábamos a unos
centímetros, lo suficientemente cerca como para no poder fijar la
vista en nuestros ojos sin ver doble. Él alzó su mano hasta mi
mejilla y deslizó sus dedos, suaves y delicados, hasta mi cuello.
-Recuerdo la primera vez que te
vi -dijo él casi en un susurro inaudible. Sonreí avergonzada-. Tú
ni siquiera de percataste de mí. Era por la mañana y hacía un
calor de morirse y tú sin embargo ibas con una chaqueta puesta, te
ibas a encender un cigarro, te echaste el pelo hacia atrás y
cerraste los ojos mientras tomabas aire. Estabas serena, tomándote un momento para ti, observando sin ojos lo que nadie ve.
Me alejé un poco más de él para ver su
expresión, serena y sonriente. Él me miraba, sus dedos rozando mi
mejilla y mi mandíbula con suavidad. Sus ojos se tornaron sobre los
míos y volvió a sonreír.