Pasó lo que debía pasar.
Hacía frío, el
atardecer se podía vislumbrar a mis espaldas, el día acababa y la
noche estaba por llegar. Al despertar nunca había imaginado que ese
día me marcaría, nunca habría creído que una simple persona
podría significar tanto para mí. Sin embargo, ahí estaba yo, de
pie, mirando un campo coloreado por flores violetas sin nadie que me
acompañara en mi soledad, aunque necesitara que alguien me hiciera
sentir un poco menos melancólica. Pero nada de lo que yo necesitaba
ocurrió, seguí estando sola mientras los minutos pasaban y las
agujas del reloj se movían incansables, continué mirando al vacío
con la mente en blanco sin poder articular palabra. No hizo falta más
que su recuerdo para marchitar el latido de mi corazón y volverme
débil y frágil a la vista de cualquiera. Me derrumbé, en mis ojos
las lágrimas se agolparon, el suelo se movió hasta mí y llegué
hasta este. Sin fuerzas. Dolida. Estaba en cuerpo, pero mi alma se
había fugado en busca de su recuerdo, de sus ojos. Lloré.
Desconsolada. Lloré hasta gritar y encogerme de dolor. Mi pecho
quemaba y se hundía con vigor. No quería continuar, ni siquiera
quería huir. Aunque lo hice. Me levanté a duras penas sobre mí
misma y me propuse, me juré, encontrarle.