You and me.


Había algo más allá que todo aquello. Algo me superaba. No sabía exactamente qué era, pero me atraía irresistiblemente. Y ahí estaba yo, tirada en mi cama, bocarriba, respirando exhausta, con mi mano reposando sobre mi abdomen, mirando no muy lejos de mí, donde sus ojos se hallaban. Envuelta en deseos de traerlo hasta mí, de notar su corazón acompasado al mío, de poder acurrucarme a su lado sin que me importara el tiempo que corría en mi contra. Deseosa de dejar a un lado todas las preocupaciones que me embargaban a mí cuando él estaba lo suficientemente lejos como para que me inundaran.
Vino a mi mente una frase que decía así: Cuando crees que quieres morir, lo único que deseas es ser rescatada.
Y era cierto, nadie quiere morir, nadie quiere no ser importante. Todos quieren vivir, tener una oportunidad, que alguien les ayude para salir a la superficie y olvidar todo.
Y ahí estaba yo, mirando sus ojos, ensimismada en mi pensamiento, lejos de donde mi cuerpo estaba. Observando, meticulosa, todas y cada una de sus facciones, ángulos y movimientos. Creyendo que él se quedaría ahí por siempre, que nunca me abandonaría como ya me había ocurrido. Ansiando que la distancia entre él y yo fuera el mayor de mis problemas. Sin embargo, incluso yo, ingenua, sabía que eso no sería así. Pero hasta el momento él había sido mi salvavidas, él me había rescatado en alguna que otra ocasión y yo me sentía agradecida aunque él no lo supiera.
Sonrió y mi mundo se paró. Sonreí con él, tal vez por inercia, tal vez porque me hacía feliz. Pero el caso es que estaba ahí, junto a mí, sonriendo sin tener exactamente lo que se conocía como motivo. Lo hacía sin más. Sacó la lengua. Sin venir a cuento, sin sentido alguno. Lo solía hacer habitualmente. Y mientras sacaba la lengua y la posaba en su labio ocultando sus colmillos superiores, alzaba las cejas. Era un gesto suyo, único. Único como él. Único como la forma en que me hacía sentir. Se acercó a mí, pausada y paulatinamente. Notaba como mi pulso se aceleraba poco a poco, como mi respiración iba en aumento. Sentía que todo me daba vueltas, todo menos él. Nada que no fuera él importaba. Todo lo que en algún momento había sentido o creído se esfumaba. El objeto de mi felicidad y de mi tristeza se haya ante mis ojos, expuesto con tranquilidad, cerca de mí.
Porque era él, la persona que hacía que siempre que tenía motivos para llorar me olvidase, la persona que aunque lo último que yo quisiera fuera morir y escapar del mundo me mantenía en mi sitio.
Sus labios se posaron sobre los míos, dulces y calientes. Mi mente se quedó en blanco, paralizada. No sabía qué sentía. Mi cuerpo reaccionaba con normalidad mientras mi cerebro estaba estático. No sabía qué sentía, pero sabía que no quería que parara y mucho menos que se alejara. Sin embargo lo hizo, se alejó, apoyó su frente en la mía, su nariz rozaba la mía, su sonrisa estaba a escasos centímetros de la mía. Yo quería más de él. Nunca he sabido bien qué me pasa cuando me besa, pero eso no importa. Me acarició, su mano caliente y no tan suave se deslizó con mi piel, desde mi oreja hasta mi clavícula. Sonreí. Abrí los ojos y lo miré.
¿Cómo podía depender tanto de una persona? ¿Por qué me sentía tan vulnerable cuando él estaba tan cerca o cuando se alejaba? ¿Por qué quería siempre un poco más de él? ¿Cómo podía dar respuesta a esas preguntas sin atender a recursos emocionales? Claro, no podía. Él era parte de mis emociones, era la primera persona que hacía que mis preguntas quedarán sin respuesta y que lo quisiera. Y sí, lo quería, tal vez no quería aceptarlo, pero era la verdad. En mi fiero interno estaba él, sonriendo, recordándome que los días malos son solo la sombra de lo que son y serán los días buenos.
Y ahí estaba yo, mirándole a los ojos. Sincera y vulnerable. Feliz a pesar de todo.
Y ahí estaba él, mirándome a los ojos. Sincero y hermoso. Tranquilo a pesar de que su corazón latiese con fuerza.

Entradas populares de este blog

Prometo pequeños grandes detalles.

Ella.

Día 3