En el mejor momento.

Me pongo las gafas, suspiro, de fondo suena una canción de las mías, de esas que poca gente conoce, pero de las más bonitas que he escuchado. Miro a mi teclado, reposando bajo mis manos inmóviles, de vez en cuando suena el sonido propio del chat. Me hablan, pero prefiero no mirarlo. Me muerdo los labios, noto un nudo en mi garganta, suspiro nuevamente. No estoy bien, obviamente que no. Necesito llorar, no quiero llorar. Una pequeña y solitaria lágrima cae por mi mejilla, humedeciendo mi piel a su paso. La limpio antes de que termine su curso y cierro los párpados con fuerza. La misma canción suena una y otra vez, yo misma he elegido esa opción. Miro el chat, miro que le importo, que de verdad le importo a una persona, que parece que no me va a fallar. Y estallo. Lloro en voz alta, me da igual, ahora estoy sola y nadie escucha si sufro o no. Mis manos tapan mis ojos inundados de lágrimas, mi garganta está taponada y no deja entrar aire, poco a poco me voy ahogando entre sollozos, necesito parar de llorar y ahora lo necesito. Limpio mi cara mojada, mis manos y el principio de las mangas de una chaquetilla gris. No estoy bien, obviamente que no. Miro la pantalla, parece que me he quedado sin lágrimas. Yo sé que no es así, que dentro de nada volverán y me inundarán de nuevo. Estoy cansada, desolada y lo peor de todo, decepcionada. Decepcionada porque no me lo esperaba y menos ahora, porque cuando algo empieza a ir bien, alguien te falla.


Entradas populares de este blog

Prometo pequeños grandes detalles.

Ella.

Día 3