I feel so free tonight.

Me pongo las gafas, suspiro, de fondo suena una canción de las mías, de esas que poca gente conoce, pero de las más bonitas que he escuchado. Miro mi libro, contando la historia de la filosofía bajo mi atenta mirada. Me muerdo los labios, sonrío lentamente, suspiro nuevamente. No puedo, no así. Es imposible para mí concentrarme en este instante. Cierro los ojos, en mi estómago parece haber un millón de mariposas revoloteando en libre albedrío, en mi cabeza parece haberse creado un nudo marinero con la última frase que he leído y no he comprendido. La canción cambia, está cortada por algún motivo que escapa de mi entendimiento. Sonrío más ampliamente y dejo de pensar. Solo canto. En voz alta, muy alta, estoy sola en casa y nadie me escucha. Dejo escapar una risita por lo bajo por la propia canción. Miro mi libro, esperando paciente delante de mí, esperando a que le preste atención. Y pienso en él, en su sonrisa, sus ojos azules, sus caricias en mi piel y sus besos suaves en mi cuello. Obviamente mi libro tendrá que seguir esperando mientras tarareo la canción y muevo un pie al ritmo de la música. Me pongo seria, me concentro y leo la primera frase, la entiendo y procuro memorizarla, al instante me pierdo entre mis pensamientos y vuelvo a su lado. Estoy radiante, calmada y lo mejor de todo, feliz. Feliz porque parece que ya se ha acabado, porque todo vuelve a la normalidad, porque está aquí, junto a mí y parece volver para quedarse. 


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