"Te ofrezco que te quedes conmigo, en casa, tirados en pijama y mesa de camilla para el tiempo que en breve viene, ver la tele, dormir o hablar, arreglando el mundo a nuestro ritmo como excusa para terminar con un cónclave de besos. Te ofrezco olor a café recién hecho los domingos por la mañana, o si quieres, firmamos una cláusula y olerá así todos los días de tu vida. Te propongo abrir las ventanas cuando llueva, para cuando entre la humedad disfrutes del olor a tierra mojada; o no, mejor aún, salimos a la terraza y mojarnos de esa lluvia, que lo de ”carpe diem” ha quedado más como frase para tatuaje y poca gente lleva lo lleva a cabo. Te ofrezco noches de compás, de baile y de whisky, de impaciencia al esperar un taxi, y disfrutar de una hamburguesa mientras llega. Te ofrezco mi camisa del día anterior para que desayunes con ella sin nada debajo, con un moño y el rimel corrido. Prometo pequeños grandes detalles; llevarte agua helada a la cama por la mañana cuando nos de...
Ella es ese tipo de personas que, cuando pasan, no puedes evitar girarte. Tiene un aura inocente que esconde cicatrices que no han cerrado todavía. Es un pequeño huracán que llega cuando sonríe. Pero ella no lo ve. Piensa que es tóxica y tiene razón. Es pura droga. Porque una vez la conoces, el resto de personas no saben igual y, si se fuera, tendría que rehabilitarme. Tendría que empezar a ver el mundo de nuevo sin esa gama rojiza que tiñe mi vida, igual que su pelo. Ella, fuego, arde; tiene una hoguera en su pecho porque su corazón es grande. Tanto como el universo. Ella es mi sol y, no sé cómo, a veces acabo girando en torno a ella. Pero yo, cobarde, huyo siempre. Ella no sabe que es preciosa. Se tortura y se castiga, pero ninguna Musa inspiró tanto arte como inspira ella. Su inseguridad es parte de su pasado. Y la convierte en la chica que sonríe a medias. Su libertad no tiene fronteras, porque ha aprendido a base de golpes y decepciones. ...
Echo de menos tus manos, buscando mi cuerpo, hambrientas, calientes. Empezabas besando mis labios lento, como si las agujas del reloj no jugaran en nuestra contra porque eras tú quien jugaba y no estabas dispuesta a perder. Y más tarde, tus manos me agarraban del cuello, me acariciabas la mejilla, la espalda. Parecías multiplicarte cubriendo cada milímetro de mi cuerpo. Me besabas el cuello, las orejas y los miedos. Sabías cómo ponerme nerviosa. Quitabas el frío de mis manos. Toda tú eras incendio y yo era combustible. Y entonces el mundo ardía. En aquella cama.