Demasiadas promesas rotas.

A veces, cuando escribo, es porque recuerdo algo que me hizo replantearme mi situación. Claramente, nunca lo diría en voz alta, ni nunca ni a nadie. ¿Para qué le iba a decir a alguien lo que se me pasa por la cabeza? ¿Por qué podría interesarle mi forma de pensar? Ese es el tipo de pregunta que me suele invadir la mente cada vez que estoy a punto de revelar un pensamiento profundo, un sentimiento. Pero entonces me doy cuenta. Si a esa persona le importo, ¿por qué no contárselo? ¿Y si puede ayudarme? Y de nuevo volvemos a más preguntas. ¿Y si me falla? ¿Y si las promesas que nos hicimos se rompen? Pero sinceramente, cuando uno ha estado tanto tiempo encerrado en sí mismo, realmente le cuesta abrirse. Aunque sea a tu mejor amiga, a tu media naranja, a tu madre. No importa, siempre dudarás antes de decirlo, siempre pensarás qué palabras utilizar, siempre querrás inventar una excusa para el "por si acaso".

Entradas populares de este blog

Prometo pequeños grandes detalles.

Ella.

Día 3