Un lugar desconocido.


 Suspiré profunda y pausadamente, me sentía ligera como el aire y no necesitaba nada más. Estaba en el campo, en una explanada llena de flores lilas que crecían más allá de mis rodillas y me hacían cosquillas al rozar mis manos. Olía a lavanda y a romero. El cielo estaba descubierto y el sol brillaba, pero sin llegar a picar en la piel. Había un árbol no muy lejos de mí, me acerqué sin prisa hasta él. Me gustaba ese sitio.
 Cuando ya estaba cerca, le vislumbre. Estaba tumbado bajo el árbol, cogiendo prestada su sombra. Nunca me había fijado, pero en ese momento estaba increíblemente resplandeciente. El pelo se movía ligeramente con el ritmo del viento, sus pequeños rizos ceniza iban de un lado a otro, su piel bronceada brillaba aún a la sombra; vestía unos vaqueros y una camisa gris que se ceñía a su cuerpo. Sus ojos que estaban cerrados, se abrieron para mostrarme un poco del paraíso que parecía vivir cada segundo que pasaba. Sus ojos eran completamente azules, no quedaba ni rastro del verde esmeralda que conocía y que tanto había mirado últimamente.  
 Me acerqué un poco más a él. No sabía qué hacía él exactamente ahí, pero no me quedaba la menor duda que me importaba averiguarlo. Él no dijo nada, solo se levantó. Abrí la boca para preguntarle, de pronto puso un dedo en mi boca. Sentí un escalofrío agradable por todo mi cuerpo. Sus ojos se posaron sobre los míos, no había nada más que el azul que me inundaba.
 Un sentimiento nacido de la boca de mi estómago me hizo estremecerme. Él me sonrió y me puso un mechón de pelo tras mi oreja. Me sentí mejor con su tacto, pero seguía estando ese sentimiento desagradable.
 Un grito potente espantó los pájaros que había por toda la zona. Él tomó mi mano y la agarró con fuerza. Me tranquilizaba su contacto. Miré a mi alrededor. En menos de un parpadeo todo lo que había llegado a haber a mi alrededor desapareció.
 Estaba en el autobús, veía todo lo que había ocurrido desde fuera. Un coche había sorprendido al conductor del autobús que se vio obligado a girar para no arrollarlo y salirse. Me veía a mí, andando, ajena a lo que ocurría. De pronto todo comenzó, la gente chocaba y salía disparada de sus respectivos asientos, las mochilas parecían flotar, ni siquiera alguien había llegado a chillar de la sorpresa. Me fijé en Sara, la chica de pelo castaño salió disparada con el giro, y tan pronto como había sucedido, ella se había golpeado contra el asiento. La sangre de la gente comenzó a inundar todo lo que había.  
 Me giré de golpe, no quería seguir viendo. Él me cogió entre sus brazos, me cobijó en silencio, el sonido seguía ahí, sentía mi corazón latiendo junto al de él, sentía mis lágrimas por mi rostro terminando en la camiseta gris de él. Él me apartó ligeramente hacia atrás, me limpió un par de lágrimas con sus dedos.  
 Todo volvió a cambiar, habíamos dejado atrás el campo y también el autobús. Nos encontrábamos en medio de un bosque, de un frondoso e increíblemente verde bosque. Había un pequeño río que pasaba a unos metros de nosotros. Él aún mantenía mi mirada.
 Me giré y observé todo. Se notaba el calor en el ambiente, pero aún se estaba bien por la sombra que daban los árboles. Algo me llamó la atención, debieron de ser los colores.
 Sara estaba de pie, con un vestido de colores y un pareo blanco. Tenía el pelo suelto y se movía por el aire que pasaba por ahí. Me acerqué lentamente hacia ella, nunca me había imaginado alegrarme tanto por ver a una desconocida. Me sonrió con unos dientes perfectos y blancos. Le sonreí al ver que estaba bien.  
Pero una parte de mí sabía que eso no era cierto, que nada de eso era real. Que ella no estaba ahí, que no estaba bien. Que él estaba para apoyarme y sostenerme para cuando cayera, aunque no fuera real. Que yo no estaba, ni ahí, ni en ningún otro lado. Porque no sabía dónde estaba realmente. 

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