Y tú no estabas.


Me levanté y tú no estabas.
La luz de una mañana tardía se colaba por entre una ventana entreabierta y una cortina ondulante al compás del viento. Me estiré en la cama, doble, con las sábanas a un milímetro de caer al suelo. Sentí como cada uno de mis músculos se acomodaba en mi piel. El techo, blanco, sobre mí, reflejando los destellos de mi colgante en miles de colores.
Me recosté sobre uno de mis brazos, miré el resto de la habitación; pero no prestaba atención. Mi mente estaba fija en mi ropa tirada y desperdigada por el suelo de madera, recordando cada momento de esa misma noche. Miré mi cuerpo, solo llevaba una camiseta blanca demasiado grande para ser mía. Suspiré.
Me senté en el borde de la cama, cerré los ojos. En mi nariz aún estaba presente su aroma, un olor demasiado complejo como para poder describirlo, pero demasiado notorio como para pasar desapercibido y poder olvidarlo. Sonreí a pesar de todo. Me levanté de la cama y anduve hasta mi ropa. Me vestí sin prisas, tomándome mi tiempo.
Su ropa había desaparecido excepto su camisa y tú no estabas.
Me volví a sentar en la cama, agarré su guitarra y contemple fascinada y en silencio lo que él hacía parecer algo más especial que eso, una simple guitarra. No, yo no sabía tocarla; pero eso no importaba. Lo que importaba es que era de él, que él la había llevado consigo como si fuera su vida. Mis dedos repasaron el trazo del dibujo hasta llegar a las cuerdas. Entonces, en mi mente surgieron esos recuerdos en los que él estaba presente. En los que él era mi mayor objetivo a prestar atención.
Él, sentado en su sofá, con su guitarra entre los brazos, mirándome con sus ojos azules y su amplia sonrisa. Me apoyé en el respaldo de su sofá de cuadros mientras él sacaba la púa y recordaba los acordes de una canción. Sonreí, no pude evitarlo.
Me levanté cabreada, dejé la guitarra sobre la cama. No quería esto.




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